-¿Nunca has sentido culpa por lo que haces?
-¿Culpa?... ¿Por qué tendría que sentir culpa?
-Porque te aprovechas de las personas... Te aprovechas de nosotras, porque somos más chicas.
-Yo nunca me he aprovechado de nadie. No me he aprovechado de nadie Daniela. Aquí todos salimos ganando, yo no he visto que las obligue a nada. Las notas suben, y yo quedo satisfecho, es un mutuo acuerdo entre dos partes... Además, ¿qué sabes tú de culpa? Esa palabra te queda muy grande, no suena bien en tu boquita, Daniela. ¿Bajo qué fundamento teórico o moral me preguntas eso?
-Yo siento culpa...
Culpa
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Accidente
Fue todo demasiado rápido... El niño... El niño quiso atravesar la calle. Lo hizo aunque venían tantos autos, aunque la luz estaba roja. Pero la mujer venía súper rápido, parece que no iba prestando atención, se descuidó mucho. Siempre uno tiene que estar atento, si estas cosas pasan a cada segundo, hay que estar preparado. El niño se podía haber salvado, ¡si la culpa fue de ella, sólo de ella!. Esa mujer mató al chiquillo.
sábado, 1 de noviembre de 2008
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Danielita
Daniela era una persona rara. Pareciera ser que hubiera salido de un pozo en donde se hubo mezclado identidades contradictoras, talentos desiguales, gustos variados, y finalmente se hubiera rematado todo con unas cuantas dudas existenciales encima para volverla un poco más complicada de lo que ya era, cual cereza encima de una torta con sabor indefinido. Como resultado se obtuvo algo ininteligible, una masa pegajosa apta para ser moldeada, pero no para ser comprendida cabalmente. Danielita era Danielita, incategorizable, tan diversa como controversial, tan demarcada como difusa. Era todo, pero era nada a la vez. Eso trajo consigo, lamentablemente, varios problemas. Problemas concernientes a su propia razón de ser, claro está. Siempre la veía tan preocupada a la pobre, tan preocupada de definirse a ella misma con sus propias palabras, o con cualquier artificio que surgiera en su mente de niña de 15 años. No sé cómo es que nunca se dio cuenta de cuán valiosa era ella como persona. Nunca lo supo, pero no la culpo, debí habérselo dicho cuando aún quedaba tiempo. Cuando todavía no era demasiado tarde como para que se sintiera avergonzada con la culpa.
Al parecer ella terminó aceptando ese destino juguetón que recorría la vida consigo. Sin peso, sus decisiones quizás fueron más fáciles de ejecutar. Tal vez la sonrisa que veo de vez en cuando cada vez que evoco su imagen a mi memoria no esté tan lejos de la realidad, y ella ríe conmigo sin que yo lo sepa. Quizás es algo más que una imagen la que me acompaña en estos últimos días donde ya nada importa, donde la monotonía me ha consumido y me ha postrado como a un perro viejo condenado a morir sin su fiel amo. Desearía volver a verla, tan vivaz como solo ella era. El deseo me supera, la necesidad me destruye. Su paradero al final fue tan incognoscible como el de su madre que enloqueció. No hay posibilidad alguna de salir victorioso, la derrota estaba inscrita en mi sangre de perdedor desde el principio... Incluso a veces pienso que quizás todo fue una ilusión, que haberla conocido fue algo así como un sueño. Que no hubo Daniela en mi vida, que todas esas miradas tan significativas no fueron más que pestañeos mal intepretados por un viejo ardiente de deseo y que con anhelo se aferraba a la más firme permanencia. Que todo fue una mala broma que me pegaron los años, la decadencia misma de un profesor mediocre y mal asalariado. El deseo es lo único que me queda, lo único que me acompaña y que no tiene intenciones de marcharse.
A veces creo escucharla en sueños.
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Marginados
Matías estaba solo, sentado en una de esas bancas que había en el patio del colegio, cerca de la cancha de fútbol donde sus compañeros estaban jugando en ese momento. Estaban en Educación Física seguramente. Lo habían dejado fuera. Apolo lo vio allí, y no pudo contener el pesar de contemplar tal imagen, profundamente melancólica y a la vez referente a su pasado. ¿No se supone que debía alejarse él, como sujeto que puede intervenir hasta cierto punto, de esas vivencias ajenas? ¿No debía resistir todo aquello? El chico estaba tarareando una canción, y aunque parecía desanimado, no podía dejar de jugar con sus manos, y hacer música con los ruidos que se emitían al golpear levemente sus piernas con las palmas. Aún así, se veía menos enérgico que otras veces.
-Hola Matías - dijo Apolo, mientras se sentaba a su lado en la banquita.
-Hola - respondió secamente el muchacho.
-¿Cómo estás? ¿Cómo te ha ido hoy?- tuvo que preguntar Apolo, para incentivar la conversación.
-Aburrido... Yo no quiero jugar a eso, quiero jugar a otra cosa, pero nadie me acompaña en mis juegos... Pero, no importa, estoy bien acá. Estoy en la sombra. Hace mucho calor hoy. - Apolo sintió un nudo en su garganta. Era una sensación desagradable que él había evidenciado ya en su pasado, unas cuantas veces. La primera vez, fue cuando supo que su abuela Roberta estaba muriendo por un cáncer que estaba muy avanzado, cuando era un niño de siete años. La segunda, cuando estando en el colegio había conversado con una compañera que tenía una profunda depresión, y sentía que no podía ayudarla a pesar de lo mucho que quería hacerlo. Y la tercera vez había sido más reciente, mientras se encontraba haciendo la práctica profesional en un centro de rehabilitación y acogida para niños que habían sufrido abusos de tipo sexual. No había podido hacer mucho allí, pero igual había escuchado decenas de relatos realmente sobrecogedores. Hubo otra experiencia en que había sentido algo parecido, esa asfixia vital tan grande que le producía hasta ganas de vomitar, pero eso era secreto. Algo de todas esas marcas dentro de su vida se veían reflejadas en la voz de ese chico que estaba sentado a su lado. Se suponía que Apolo no debía dejarse afectar, se suponía que debía ser fuerte. Fuerte, como su padre le había dicho que debía ser toda la vida. Fuerte.
Fuerte.
Fuerte.
-Yo antes tenía un amigo con el que jugaba siempre. Se llamaba Tomás. Se parecía a ti, tenía... tenía como esa cara tuya. -añadió Matías, mientras se movía con nerviosismo. -¿No quieres jugar conmigo? Tengo ganas de correr.
-Lo siento Matías, pero tengo mucho trabajo que hacer - respondió Apolo. Le apenaba no poder acompañarlo más tiempo, pero debía irse si no quería estar cruzando límites que lo podían poner en peligro. Alguien podría acusarlo de favoritismos inexistentes... o de cosas peores. No quería meterse en problemas. Apolo se levantó del asiento, mientras le hacía un gesto de despedida al chiquillo.
¿Tú no te vas a ir de repente, verdad? ¿No me vas a dejar solo? - preguntó inesperadamente el muchacho. Apolo se volteó para escucharlo. -No quiero que me dejes solo. No como lo hizo Tomás... Que tonto que era, bien tonto. Cualquiera sabe cruzar las calles...
martes, 14 de octubre de 2008
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Matías
Matías se encontraba en el suelo. Se levantó con lágrimas en su rostro, quería hacer un escándalo, pero no estaba su madre allí, ni nadie que pudiera escucharlo. Llorar resultaba inútil. Prefirió escapar al dormitorio, ocultarse del agresor que lo seguía mirando con odio. El dolor que sentía por los puñetazos iba aumentando. No podía entender qué había hecho para merecer eso, sólo había estado jugando como otras veces, encima de la pantalla del televisor. Sólo un juego, era sólo un juego inocente, no se suponía que debía acabar en golpes. Los juegos nunca deberían terminar en golpes. Jamás.
El bastardo se encontraba en el suelo. Tendría en aquel tiempo unos 6 o 7 años. Lo habían golpeado. Iban a quedar moretones después, pero a él, al agresor, no le importaba para nada eso, sólo quería tranquilidad. El pendejo molestaba mucho, la única solución posible que se le vino a la mente era la disciplina. Si tan sólo el maldito de Matías hubiera nacido sin esa falla, sin esa manía, sin ese estúpido comportamiento de niño ultra mimado y con poca inteligencia en su cabecita de retoño. Él nunca quiso un hijo, mucho menos quiso alguna vez un hijo con problemas. Pero era culpa de su mujer, ella era la que tenía esa personalidad como de loca, tan impaciente, tan intranquila, era obvio que no iba a salir nada bueno de esa relación. Él, el padre de la criatura, sólo era una víctima, prisionero de un calvario interminable. ¿Cómo no iba a poder desquitarse de vez en cuando? Tenía todo el maldito derecho a hacerlo. ¿O no?
Matías sintió los pasos que se acercaban. Se puso en la puerta para evitar el ingreso del maltratador, obstaculizando el paso. No quería seguir con eso, ¿por qué simplemente no terminaba? Quería escaparse, pero no había salida, estaba atrapado en su escondite. El sujeto iba a abrir la puerta del otro lado en cualquier instante... pero algo lo detuvo. Quizás el llanto del muchacho lo había hecho entrar en razón, o quizás la culpa era demasiado grande como para que se atreviera a continuar con eso.
El hombre se detuvo. Se alejó de la puerta del dormitorio, y en vez de continuar golpeando al muchacho, prefirió salir un rato a despejar su mente. Después de todo, ¿qué diferencia había entre continuar o no con la paliza? El chico ya había aprendido la lección. Se contentaba con saber que al menos unas patadas lo pudieran hacer concentrarse un rato para que supiera que debía respetar a los mayores.
viernes, 10 de octubre de 2008
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Puntualidad
Apolo nunca llegaba tarde. Temía llegar tarde. Recordaba esos días cuando le dijeron que llegar tarde equivaldría a quedarse fuera de la sala de clases, cuando tenía algo así como 9 años. La profesora que se lo dijo, una mujer de pelo canoso y que se quedaba dormida en las clases, pero que aún así era muy antipática y exigente, lo dejó fuera de la sala una vez que él se había ido al baño justo al momento en que había que entrar porque el recreo había acabado. En ese instante revelador, en que se encontró como un chico irresponsable, un otro cualquiera, se quiso morir allí mismo, lleno de pánico por esa nueva condición de la que se había hecho dueño de forma involuntaria. ¿Cómo era posible tal castigo después de ser intachable? Claro que eso no era posible, debía cambiar cuanto antes. Desde ese momento, Apolo se juró a sí mismo ser el sujeto más puntual del mundo, y aunque esa promesa la siguió ciegamente como una guía invisible aún cuando ya habían pasado varios años desde ese incidente, siempre se hizo la idea de que era algo suyo, que siempre estuvo allí dentro de esas capas corporales que lo hacían ver como un mortal más. Había olvidado la verdadera razón.
jueves, 11 de septiembre de 2008
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Masacre del Colegio Svante Arrhenius
La Masacre del Colegio Svante Arhhenius de Valparaíso ocurrió el día 23 de Noviembre del año 2006. Los perpetradores fueron cuatro estudiantes pertenecientes al mismo establecimiento: Isabel Sandiego Fuenzalida, 16 años; Constancio Vattimo Rodríguez, 16 años; Tomás González Martínez, 17 años; y Diego Morales Espinosa, de 17 años.
La masacre arrebató la vida de 23 estudiantes del Tercero Medio, 5 del Segundo Medio, y un estudiante de Cuarto Medio. Entre los funcionarios fallecidos, están: el profesor de Historia y Geografía, Ricardo Vega (44 años), la bibliotecaria de la institución, Maritza Herrera (45 años), y el auxiliar paradocente Ernesto Vattimo Pereira, de 39 años. Ocurrida la masacre, los mismos atacantes procedieron a quitarse la vida. 7 otros estudiantes resultaron heridos, entre ellos, el único sobreviviente del Tercero Medio, J.C.P.A. , de 16 años. El único sobreviviente del curso pasó a ser sospechoso de haber estado vinculado con el grupo que llevó a cabo el ataque, pero las sospechas quedaron injustificadas debido a falta de evidencia (se afirma que posiblemente estas sospechas fueron las que lo llevaron a un intento de suicidio frustrado. Véase artículo sobre Polémica dentro del caso Arrhenius para más detalle).
Este fue el hecho de violencia escolar más devastador vivido hasta el momento en Chile, y que registró una cantidad de víctimas comparable con la Masacre del Virginia Tech, en Estados Unidos, en el año 2007.
viernes, 5 de septiembre de 2008
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