Matías estaba solo, sentado en una de esas bancas que había en el patio del colegio, cerca de la cancha de fútbol donde sus compañeros estaban jugando en ese momento. Estaban en Educación Física seguramente. Lo habían dejado fuera. Apolo lo vio allí, y no pudo contener el pesar de contemplar tal imagen, profundamente melancólica y a la vez referente a su pasado. ¿No se supone que debía alejarse él, como sujeto que puede intervenir hasta cierto punto, de esas vivencias ajenas? ¿No debía resistir todo aquello? El chico estaba tarareando una canción, y aunque parecía desanimado, no podía dejar de jugar con sus manos, y hacer música con los ruidos que se emitían al golpear levemente sus piernas con las palmas. Aún así, se veía menos enérgico que otras veces.
-Hola Matías - dijo Apolo, mientras se sentaba a su lado en la banquita.
-Hola - respondió secamente el muchacho.
-¿Cómo estás? ¿Cómo te ha ido hoy?- tuvo que preguntar Apolo, para incentivar la conversación.
-Aburrido... Yo no quiero jugar a eso, quiero jugar a otra cosa, pero nadie me acompaña en mis juegos... Pero, no importa, estoy bien acá. Estoy en la sombra. Hace mucho calor hoy. - Apolo sintió un nudo en su garganta. Era una sensación desagradable que él había evidenciado ya en su pasado, unas cuantas veces. La primera vez, fue cuando supo que su abuela Roberta estaba muriendo por un cáncer que estaba muy avanzado, cuando era un niño de siete años. La segunda, cuando estando en el colegio había conversado con una compañera que tenía una profunda depresión, y sentía que no podía ayudarla a pesar de lo mucho que quería hacerlo. Y la tercera vez había sido más reciente, mientras se encontraba haciendo la práctica profesional en un centro de rehabilitación y acogida para niños que habían sufrido abusos de tipo sexual. No había podido hacer mucho allí, pero igual había escuchado decenas de relatos realmente sobrecogedores. Hubo otra experiencia en que había sentido algo parecido, esa asfixia vital tan grande que le producía hasta ganas de vomitar, pero eso era secreto. Algo de todas esas marcas dentro de su vida se veían reflejadas en la voz de ese chico que estaba sentado a su lado. Se suponía que Apolo no debía dejarse afectar, se suponía que debía ser fuerte. Fuerte, como su padre le había dicho que debía ser toda la vida. Fuerte.
Fuerte.
Fuerte.
-Yo antes tenía un amigo con el que jugaba siempre. Se llamaba Tomás. Se parecía a ti, tenía... tenía como esa cara tuya. -añadió Matías, mientras se movía con nerviosismo. -¿No quieres jugar conmigo? Tengo ganas de correr.
-Lo siento Matías, pero tengo mucho trabajo que hacer - respondió Apolo. Le apenaba no poder acompañarlo más tiempo, pero debía irse si no quería estar cruzando límites que lo podían poner en peligro. Alguien podría acusarlo de favoritismos inexistentes... o de cosas peores. No quería meterse en problemas. Apolo se levantó del asiento, mientras le hacía un gesto de despedida al chiquillo.
¿Tú no te vas a ir de repente, verdad? ¿No me vas a dejar solo? - preguntó inesperadamente el muchacho. Apolo se volteó para escucharlo. -No quiero que me dejes solo. No como lo hizo Tomás... Que tonto que era, bien tonto. Cualquiera sabe cruzar las calles...
Marginados
Publicado por Jerxx en 14:54

0 Comments:
Post a Comment