Matías

Matías se encontraba en el suelo. Se levantó con lágrimas en su rostro, quería hacer un escándalo, pero no estaba su madre allí, ni nadie que pudiera escucharlo. Llorar resultaba inútil. Prefirió escapar al dormitorio, ocultarse del agresor que lo seguía mirando con odio. El dolor que sentía por los puñetazos iba aumentando. No podía entender qué había hecho para merecer eso, sólo había estado jugando como otras veces, encima de la pantalla del televisor. Sólo un juego, era sólo un juego inocente, no se suponía que debía acabar en golpes. Los juegos nunca deberían terminar en golpes. Jamás.

El bastardo se encontraba en el suelo. Tendría en aquel tiempo unos 6 o 7 años. Lo habían golpeado. Iban a quedar moretones después, pero a él, al agresor, no le importaba para nada eso, sólo quería tranquilidad. El pendejo molestaba mucho, la única solución posible que se le vino a la mente era la disciplina. Si tan sólo el maldito de Matías hubiera nacido sin esa falla, sin esa manía, sin ese estúpido comportamiento de niño ultra mimado y con poca inteligencia en su cabecita de retoño. Él nunca quiso un hijo, mucho menos quiso alguna vez un hijo con problemas. Pero era culpa de su mujer, ella era la que tenía esa personalidad como de loca, tan impaciente, tan intranquila, era obvio que no iba a salir nada bueno de esa relación. Él, el padre de la criatura, sólo era una víctima, prisionero de un calvario interminable. ¿Cómo no iba a poder desquitarse de vez en cuando? Tenía todo el maldito derecho a hacerlo. ¿O no?

Matías sintió los pasos que se acercaban. Se puso en la puerta para evitar el ingreso del maltratador, obstaculizando el paso. No quería seguir con eso, ¿por qué simplemente no terminaba? Quería escaparse, pero no había salida, estaba atrapado en su escondite. El sujeto iba a abrir la puerta del otro lado en cualquier instante... pero algo lo detuvo. Quizás el llanto del muchacho lo había hecho entrar en razón, o quizás la culpa era demasiado grande como para que se atreviera a continuar con eso.

El hombre se detuvo. Se alejó de la puerta del dormitorio, y en vez de continuar golpeando al muchacho, prefirió salir un rato a despejar su mente. Después de todo, ¿qué diferencia había entre continuar o no con la paliza? El chico ya había aprendido la lección. Se contentaba con saber que al menos unas patadas lo pudieran hacer concentrarse un rato para que supiera que debía respetar a los mayores.

viernes, 10 de octubre de 2008

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